domingo, 27 de octubre de 2013

¿Hablamos de marcas?

Tras los cuartos de final los informativos de todo el mundo hablaban de él, para todas las páginas de apuestas nuestro hombre era el claro vencedor. Medio mundo hablaba de la carrera de ayer y no es para menos, Tom Burke voló sobre el tartán del estadio Olímpico de Tokio y estableció la nueva plusmarca mundial de los 100 metros lisos en unos espeluznantes 8'94 segundos, siendo el primer hombre de la historia que ha conseguido correr por debajo de los 9 segundos.

En las semifinales el atleta estadounidense aventajó al segundo clasificado de su serie en casi 10 metros con una solvencia y una facilidad jamás vista hasta la fecha, parando el crono en unos estratosféricos 8'97 segundos. Para todos los periodistas deportivos estamos asistiendo a algo histórico, para todos ellos Tom Burke es un portento físico, una máquina de correr, un Hércules de otra galaxia.

Así como la vida no es en blanco y negro la nueva plusmarca mundial del hectómetro no probiene del denodado esfuerzo de nuestro atleta por encontrar su límite en cada entrenamiento, o al menos, no sólo probiene de eso. Pero vayamos por partes.

En el año 2020 la terapia genética es un tipo de técnica muy difundida entre enfermos de diabetes, de Parkinson, de Alzheimer o de enfermedades neurodegenerativas como la esclerosis múltiples pero poco o nada entre deportistas, o mejor dicho, poco o nada conocida debido a que la IAAF la incluyó en la lista negra de técnicas fraudulentas durante los juegos de Río de 2016, tras un pequeño rumor que ensombreció la carrera de dos grandes triatletas mundialmente conocidos. Pero a lo que íbamos, no nos desviemos del tema. Doce meses antes de las olimpiadas de Tokio un médico de Oregón, el Doctor Salazar, le puso sobre la mesa a Burke una propuesta tentadora para cualquier velocista: ¿Qué le parecería si lograra que sus células musculares expresaran la isoforma IIb de la miosina?

En condiciones normales esta isoforma no se expresa en el ser humano, aunque su gen si está presente en el genoma de nuestros músculos esqueléticos. El ser humano es quien no lo utiliza pero tenerlo lo tenemos, reminiscencia de nuestro pasado.

Esta isoforma de la miosina dotaría a nuestras fibras musculares de unas celerísimas características funcionales. Esta isoforma la presentan roedores como la rata o la musaraña que necesitan huír rápidamente de sus depredadores naturales y confiere a nuestras fibras musculares una velocidad de contracción y una potencia que para nada tiene que ver con la que generan las isoformas habituales, IIx o IIa.  Burke no sabia muy bien de lo que le estaba hablando el doctor pero si retuvo en su mente dos palabas: "Potencia" y "velocidad".

El doctor Salazar prosiguió con su explicación: El gen de la miosina IIb debe de ser activado por un factor de trascripción, una proteina y para ello hay que crear esa proteina. Acto y seguido el médico mostró a Burke un vial con un poco de líquido en el fondo y mirándole a los ojos le dijo: Aquí esta el gen que introduciremos en tus cuádriceps, plopíteos, isquiotibiales y glúteos. Él, junto con un retrotransposón se encargarán de que sintetices la proteina que active a la isoforma IIb de la miosina.

Son las nueve de la noche, 19 de Agosto del 2020, hace 22 grados y la humedad es altísima. Los focos del estadio Olímpico iluminan la figura esbelta y poderosa de un estadounidense de 23 años que se dirige a la calle 4. Millones de personas están pendiente del televisor, el mundo entero sabe que está ante un momento histórico, saben que si siguen con sus ojos la galopada de ese hombre serán partícipes de una de las mayores gestas deportivas de la humanidad. Burke coloca los tacos, hace dos salidas brutales y piensa, piensa que es el mejor, que ha trabajado muy duro y durante muchos años para estar ahí, se dice así mismo que va a ser el vencedor, que no hay nadie como él y que el doctor le ha dicho que puede correr al cien por cien, "no habrá efectos secundarios Buke, corre con todas tus fuerzas".

- "In your marks!!...ready!!...BANG!!"

La salida ha sido espeluznante, el público se levanta de sus asientos atónitos, en solo dos zancadas Burke ya aventaja tres metros a sus rivales, su zancada es poderosa, grandiosa, su frecuencia es muy superior a la del resto, pasa los 50 metros con una ventaja de casi 10 metros sobre los demás, es un auténtico espectáculo verle como se desplaza sobre la pista y de repente Tom Burke siente una punzada en el Isquio izqierdo, se lleva la mano hacia atrás y cuando lleva 80 metros, rozando la gloria, la punzada se vuelve totalmente insoportable al contraer la musculatura, sólo siente dolor y unas décimas de segundo más tarde la maquinaria vuela por los aires. La rótula de Burke cede ante la fuerza brutal que generan sus cuádriceps. El tendón rotuliano lleva consigo un trozo de tibia que parte inmediatamente en dos y hace que los músculos de Tom se disparen como un resorte hacia su cintura formando un cuadro macabro que pone fin a la carrera de nuesto super hombre. El estadio enmudece de repente y un viejo médico mira a través de su gorra de Nike como la llama Olímpica desaparece poco a poco del pebetero del sol naciente llevándose consigo el espíritu olímpico que tiempo atrás enorgulleció la infancia de muchos de nosotros.

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